Un poco de historia

El papel que desempeña una galería de arte en un medio cultural no sólo se mide por el promedio de calidad de los creadores que exponen en ella. Se mide además por la circunstancia en la que se produce esa actividad. Cuando la Galería Latina abrió sus puertas en 1980, lo hizo en medio de las adversidades que planteaba la situación política del país, que ya contaba con siete años de dictadura militar. Los testigos más veteranos recuerdan que no todo resultaba fácil en el trajín artístico, en el que había gente proscripta y era preciso solicitar autorización oficial para realizar ciertos espectáculos o emprender ciertas actividades. A pesar de los rigores, empero, los artistas plásticos mantenían el dinamismo de sus propuestas y el circuito montevideano conservaba sus ritmos de programación.

Ese empeño no era un hecho aislado. Se producía mientras la cartelera de teatros también luchaba para que siguiera vivo un clima lleno de material de calidad, en el que no podían lanzarse algunas ideas desafiantes, pero en cambio era posible manejarse con sobreentendidos, para un público que sabía leer entre líneas y captar los contenidos metafóricos de muchas puestas en escena. También florecía un canto popular que acercaba ciertos temas, ciertas letras y ciertas intenciones capaces de sostener en vilo la adhesión del público. En el campo de la cultura cinematográfica, la copiosa programación de Cinemateca Uruguaya y los cineclubes abastecían al medio con un material de calidad en el que las ideas circulaban con una vitalidad envidiable, capaz de hacer que algunos títulos perdurables se mantuvieran – insólitamente – siete meses en cartel en las salas céntricas.

Fue justamente en esa etapa que se abrió en la calle Sarandí la Galería Latina, y lo hizo con el atrevimiento de elegir a Manuel Espínola Gómez como primer expositor de su historia. La gran retrospectiva de ese maestro sirvió para atraer a una multitud en octubre de 1980, pero además fue útil para que un plástico descollante, que tenía antecedentes de militancia política nada recomendables para el régimen de la época, pudiera desplegar la totalidad de su obra, desde los cuadros de su juventud hasta los trabajos culminantes de su etapa de plenitud.

Espínola había adherido a la izquierda ortodoxa uruguaya, había diseñado el logotipo de la Central Sindical Marxista y efectuado un sonado viaje de intercambio a la Unión Soviética. También había mantenido una actitud gremial desafiante y había sido desde la década de los sesenta una figura conductora en la Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos, una institución con una masiva adhesión de los creadores del momento, que llegó a alzarse con espíritu combativo frente a la política oficial en materia artística y a realizar una notoria ocupación del Subte Municipal cuando discrepó con ciertos replanteos del Salón Municipal de Bellas Artes. Por todos esos motivos y con toda seguridad la muestra fue mirada con recelo por las autoridades de 1980. Pero fue esa notabilidad la que presidió la apertura de Galería Latina.

A continuación vendrían las estampas de los pueblos deshabitados de Hilda López, los paisajes campestres de Juan Storm envueltos en un clima metafísico. Los firmamentos lunares de Vicente Martín. En la búsqueda permanente de aportes de gran sustancia para enriquecer la experiencia del visitante y mantener el nivel de las temporadas anuales, la galería recurrió a Rimer Cardillo con sus texturas arenosas, los bronces y hierros de Octavio Podestá, la maderas articuladas de Wifredo Díaz Valdéz, los diagramas geométricos y los dibujos inéditos de Carmelo de Arzadun, las obras desconocidas de Petrona Viera y los rostros con gesto extraviado de Cabrerita.

Albergó encuentros de tapicería contemporánea, organizó los concursos anuales de artistas jóvenes que con el apoyo de Coca-Cola viajaron a las Bienales de San Pablo. Recibió muestras de plásticos paraguayos, italianos, argentinos y brasileños y a cierta altura encaró la alternativa de editar grandes libros de arte dedicados a personalidades de la pintura nacional. En un país donde la bibliografía en la materia ha sido anémica y donde podía contabilizarse poca cosa al margen del libro de Argul o el de García Esteban.

En la larguísima lista de nombres que han desfilado por Galería Latina se encuentran desde Sáez, Sgarbi, Larroca, Iturria o Dinetto, hasta guerriero, Nerses Ounanian, Alfredo y Julio Testoni, Clever Lara, Marcelo Legrand, Enrique Medina, Nelson Romero, Lily Salvo, Anhelo Hernández, Virginia Patrone o Felipe Seade, entre muchos otros.

Hoy con ese espíritu infatigable y adaptándose a los cambios que la realidad impone, Galería Latina prolonga su generosa trayectoria con la voluntad de continuar enriqueciendo el circuito artístico nacional y difundiendo el trabajo de los creadores uruguayos.

Extracto del texto “Según pasan los años” escrito por Jorge Abondanza para el libro “De puertas abiertas, 33 años aportando a la cultura del uruguay”.

Autora: Adela Dubra.
Ediciones Galería Latina.